Liliana Estrada
Liliana Estrada se ocupa de aquella violencia privada de
la que no se habla. Su foco es la
violación, a la cual se acerca zarandeando algunos clichés femeninos.
En la
construcción visual del género, la ropa tiene un importante papel. Los cuerpos
de las mujeres están marcados simbólicamente por telas blancas y frágiles que
remiten a la pureza. Los vestidos de niñas que
llegan a esta instalación, sin embargo, están manchados por el rojo de
la sangre y el negro de la violencia. Una contaminación que sucede en silencio,
pues el volumen de la violencia es tal que no necesita parlantes.
En esta
instalación nada se ve, pero la tragedia se presiente. Incluso el cuerpo está
ausente y apenas es evocado por algunos
fragmentos. No hay rostros.
Sólo pedazos de unas piernas que
no tienen el contorno exigido por los cánones estéticos ortodoxos. Son frágiles, están llenas de
cicatrices.
Mientras los pies, usualmente olvidados de las iconografías
femeninas, emergen exhaustos, rendidos o amarrados
Están sobre un fondo floral oscuro: es que los lechos
de rosas albergan espinas. La cabeza de un ratón enfatiza las fuerzas oscuras
que estructuran por debajo la escena.
Estas fotografías son las piezas
desoladas de un rompecabezas al que le faltan fichas que nunca aparecerán. Las imágenes están instaladas, creando un
opresivo espacio de confinamiento, que remite a un altar atroz donde el otro es negado en un
omnímodo acto de poder. Espacio cargado
donde flota sin redención esta Ofelia,
reducida a un vestido: guante, huella y reliquia de su aniquilación corporal.





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